Si, otra vez Bradbury. "A medicine for melancholy", en traducción de Francisco Abelenda, en este caso con Matilde Horne, para Minotauro:
"Atravesando el territorio de los Estados Unidos, de noche, de día, en tren, se pasa como un relámpago por pueblos desiertos donde no baja nadie. Es decir, nadie que no sea de allí, nadie que no tenga raíces en esos cementerios rurales se toma jamás la molestia de visitar las estaciones solitarias, o de prestar atención a los paisajes solitarios." ("El pueblo donde no baja nadie")
Yo no vivo en esos Estados Unidos, pero sí en las Provincias Unidas del Río de la Plata (artículo 35 de la Constitución Nacional), cuyo territorio puede dar al intrépido viajero espectáculos semejantes. Largos espacios sin más compañía que los árboles y el ganado, y de pronto la revelación de un pueblito moribundo o escondido que nadie entiende cómo surgió del horizonte. Criterios aplicados por la Administración Pública en materia de comunicaciones (ferrocarriles y aeronaves) han multiplicado estos espectáculos de "poblaciones fantasmas" y tristeza nacida de la desaparición del trabajo. Es que en los posmodernos noventas, eso de trabajar era para los antiguos. La onda, con los resultados por todos conocidos, era la degradación sistemática de la cultura del esfuerzo entusiasta, esa huérfana tan hija de los ratos de ocio creativo como de la transpiración de los agricultores. Estudien latín si quieren salir de dudas: colere ha dado cultura, culto y cultivo. Estados de veneración colectiva del misterio de estar vivos.
Son malos momentos para el individuo y el colectivo. Tiempos desconcertantes, de sinuosas personas y silencios, por lejanía o indiferencia o desconcierto, vaya uno a saber, de quienes más se aprecia (y sin embargo reencontramos sus voces, sus palabras, sus ideas, sus modos, en otros que no son ellos pero podrían ser de la familia también). Atravesamos uno de esos oscuros períodos de la Historia en que si uno fuera paranoico ajustaría su conducta a la idea de que los sucesos adversos están perfectamente encadenados, como obedeciendo a un hipotético plan urdido ignoramos por quién.
Este que escribe solía tener en épocas no tan lejanas cierta capacidad para hacer reír a la gente, que no es tanto un don como un cultivo. Y una aptitud para soñar despierto sin perder contacto con la realidad, fruto de años de lectura y conversación. Pero cada vez leo menos, cada vez repaso menos esa colección hecha en recorridas por librerías de viejo de distintas ciudades, con dedicatorias de diferentes manos (no todas dirigidas a mi augusta persona, como suele suceder en estos casos), con olores de humedades y tabacos lejanos en el tiempo y el espacio. Me agradan los olores y los colores y el tacto de las cubiertas, lo mismo se correspondan con la encuadernación original que si resultan ser los improvisados en mis acaso desprolijas restauraciones caseras.
Todo eso acabará. Las luces las percibo cada vez más difusas. Las letras, más borrosas. Las distancias, cada día más desalentadoras. Cada anochecer manifiesta, en un proceso que los años aceleran, el íntimo monólogo del desgaste de la azarosa combinación de sustancias que forma mi ser. Uno nota similares matices de desánimo, tristeza y decepción vitales en gente que sabe capaz de disfrutar los matices de la vida y lo mejor que tiene, o sea los reencuentros con los instantes de felicidad después de soportar algún temporal. Nuestro tiempo de vida nos ofrece la felicidad como instantes que uno nunca sabe cuándo se darán, y que son los momentos en que más naturalmente sonreímos. Acaso suceda que muchos han querido imaginarse instantes de felicidad no separados entre sí por otra clase de porciones de tiempo más oscuras. Cuando la realidad le empieza a ganar la partida a esa fantasía empiezan los conflictos íntimos y se borran muchas sonrisas. En lo personal, me ha sucedido tener broncas estúpidas con gente afín por esta cuestión, y eso es una de las cosas que más contribuyeron a erradicar también de mi ánimo la disposición al gesto alegre, el hábito de compartir felicidad. El instinto de buscarla queda, pero ante cada golpe se torna más desgastado, más voluntarioso y menos espontáneo. Lo que tiene también su costado positivo: a partir de esas frustraciones, si uno se descubre sonriendo con ganas, será porque verdaderamente está alegre, no porque socialice fingiendo. Eso me gusta.
Nada es mejor a cierta temprana edad que armarse un mundo propio donde uno pueda refugiarse de a ratos para que la vida pase por el costado, sin rozarnos. Nada mejor, ya más adelante en el tiempo, que ponerse a un costado del camino cuando nos resulta imposible andar al ritmo de la multitud. Es que hay demasiado loco suelto, demasiado miserable con patente de corso también. Lo dramático, como le comenté a alguien recientemente, es ver a tantos de nuestros mayores convertirse en una suerte de protocolo médico ambulante que mendiga la atención de los seres queridos y espera no ser arrollado por quienes todavía tienen ánimos para apurar el camino mientras construyen sus paraísos provisionales sin pensar que hay un prójimo. Como es igualmente dramático (pero no trágico) verse uno mismo reflejado en ese futuro: el arpa para algunos de nosotros está todavía muy lejos, pero ciertamente más cerca que la guitarra de los años mozos. Nos sonreímos igual, cuando alguna circunstancia dispara el regreso del atorrante dispuesto al disfrute que hemos sido, mientras otros fingen ser personas maduras y estables y no darse cuenta de nada.
Un alter ego mío, al respecto, ha matizado aún más esa idea: se nace solo, se muere solo, y nadie se sentiría atropellado por la corriente de la vida si no fuera porque a partir de cierta altura del camino, por gastados y molestos, nos desamparan. Momentos de felicidad se los puede tener de la cuna a la sepultura. Ocurre que se toma conciencia de que va terminando este Maratón y no hay ningún atributo que salve a estos atletas envejecidos de esa soledad final. ¿Cómo la afrontará cada uno de nosotros? De eso se trata cuando se habla de dignidad y sabiduría, me temo.
Ruego nadie se entristezca con mis palabras. Ocurre que esta humilde bitácora se lleva singladura a singladura en recuerdo -entre otras- de la similar aventura de Robert Burton, que no encontraba la cura ni la descripción eficaz al mal de la melancolía; sólo podía sentirla. De alegrías y tristezas está hecha la vida. Cuando alguno de nosotros se siente desanimado durante períodos más o menos largos es porque existe algún desajuste entre nuestras más queridas aspiraciones, nuestros sueños, nuestros pequeños mundos personales, y la cruda realidad circundante. No permitamos que nuestros sueños se escapen sin intentar vivirlos en la medida de lo posible. Para eso hay que empezar por algo a que aludiera Dante: dominar a los más eficaces de nuestros enemigos, esos que nacen de nuestra imaginación de felicidades esperadas y no vividas. Parece ser que en esta extraña vida se encuentra felicidad hallando lo que nos gusta pero no se busca, y que cuando se lo busca no siempre se encuentra exactamente como se quería, o no se lo consigue en el tiempo apropiado.
Llegaremos al final de esta aventura, al conocido remate de la carretera. Dejemos algo que compartir, algún gesto siquiera, que haga que la ausencia definitiva sea considerada por algunos que sepan de nuestra huella como una terrible injusticia.
"El drama ha terminado. Entonces, ¿por qué se adelanta alguien? Porque uno sobrevivió al naufragio."
(Hermann Melville, "'Moby Dick' o 'La ballena blanca'", Epílogo; traducción de José María Valverde).
[Vano amontonamiento de palabras en el polvo cósmico del infinito]
miércoles, abril 06, 2005
Apuntes del lector de las tinieblas
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