domingo, marzo 27, 2005

Me & Mr. Bradbury

Me debía y les debía la transcripción de este párrafo apocalíptico:

"...Llénate los ojos de asombro, vive como si fueses a morir en los próximos diez segundos. Observa el universo. Es más fantástico que cualquier sueño construido o pagado en una fábrica. No pidas garantías, no pidas seguridad, nunca hubo un animal semejante. Y si alguna vez lo hubo, debe ser pariente del perezoso, que se pasa los días cabeza abajo, colgado de una rama, durmiendo toda la vida". Al diablo con eso - exclamó Granger -; sacuda el árbol y que el perezoso caiga de cabeza.
-¡Mire! - gritó Montag.
Y la guerra comenzó y terminó en ese instante.
..."

(Ray Bradbury, Fahrenheit 451, en la traducción de Francisco Abelenda para Minotauro, Buenos Aires, 1958)

No soy muy amante de la ciencia-ficción (scientifiction), pero sí de la literatura fantástica. Y me parece que ese es el género que en realidad hace Ray Bradbury.

Leí por primera vez a Bradbury a los once o doce años, en 1974 ó 1975, acabando la primaria. Los libros fueron ”El país de octubre” y "El hombre ilustrado". De aquellos tiempos recuerdo haber sido iniciado en el conocimiento de autores tan increíbles para mi edad de entonces como Dalmiro A. Sáenz (”¿Quién, yo?”), mi tocayo Alfred Jarry (”Costumbres de los ahogados”, antología que incluía aquel texto sobre lo que contiene el cerebro de un gendarme) y Guillaume Apollinaire (”El heresiarca & Co.”), entre otros.

Cinco años más tarde, en el ingreso a la Universidad debí leer por imposición de un programa de estudios, entre otras cosas, "La Ciudad de Dios" de San Agustín, el "Canzoniere" de Petrarca, "Edipo Rey" de Sófocles, "El Rinoceronte" de Eugene Ionesco, y "Fahrenheit 451" de Bradbury. El responsable de ese curso nos insinuó 'sotto voce' que no se animaban con "Animal Farm" y Mr. Blair u Orwell (según prefieran), ni siquiera con "Brave New World" de Aldous Huxley, por la ideología de los autores que iba a dar lugar a serias y peligrosas confusiones.

Ahí volví, entonces, a tropezarme con el viejo Ray: lo de los bomberos quemando libros y los outsiders escapando de la supuesta civilización uniformadora y niveladora hacia abajo me fascinó, aunque por esos tiempos no alcancé a comprender cabalmente sus implicancias sociales y personales. Y al poco tiempo, en una librería de viejo, dí con la edición de Minotauro en traducción de Abelenda y con prólogo de Borges (1955) de las "Crónicas Marcianas". Conocí calificadas opiniones acerca de ese libro en dos oportunidades poco antes de leerlo. Primero había sido la transcripción de una charla de Borges en Radio Nacional, donde en cierta época hacía un microprograma de radio sobre literatura, y es sabido que al vejete le encantaba la literatura fantástica del tipo de Stevenson, Wells, o Bradbury. Y pude oír a Bradbury mismo, en una visita suya a Buenos Aires hacia 1979/1980. Contó entonces que mezcló unos cuentos que había empezado a redactar en clave fantástica desde 1946 sobre la crisis de los valores originarios de los Estados Unidos con las fuertes impresiones que le causaron una serie de decisiones de su propio gobierno, concretamente algunos hechos como la intervención en Guatemala a principios de los años cincuenta bajo la tradicional acusación de cabeza de puente rusa en el patio trasero (acaso haya habido algo de cierto en esto), y de ahí sacó, casi de un tirón de inspiración, la redacción definitiva de esas polivalentes "Crónicas marcianas".

Lo mejor de Bradbury es que se trata de uno de los autores que es grato leer en una noche estrellada, en el patio de una casa construida hacia 1880, en una calle con declive, cuesta abajo hacia el sur, con un perro o gato y/o una abuela haciéndonos silenciosa compañía, y acaso un pequeño tratado de astronomía elemental, Cabrera y Medici o Colin A. Roman, por ejemplo, para ir aprendiendo a localizar algunos astros 'a ojo pelado' y conocer sus nombres, y así viajar con Ray.

No pocas veces se mete con el hemisferio opuesto al suyo boreal, o ambienta sus cuentos en otros países de América, y uno puede viajar entonces como si leyera a Wells o a Lovecraft, por ejemplo, o si volviera a ver esas viejas y amadas series yanquis de los sesenta. Yo recuerdo haber estado fascinado con el robot de "Perdidos en el espacio", sin ir más lejos, y cada vez que me tropiezo con el viejo Ray me hago un mix espiritual de ambiente country blues, novela de Faulkner o de Erskine Caldwell, y aventura espacial. Bradbury "pide" fondo de Robert Johnson, Big Bill Broonzy o Sonny Boy Williamson, por ejemplo. Lo más urbano que puede tolerar como acompañamiento musical son Cab Calloway o unos mariachis, en su caso.

Es de esos autores con que puede uno ayudarse para mirar el cielo estrellado con otros ojos. Para los tiempos que corren, tan lejos del ambiente de los sesenta o principios de los setenta, no está nada mal, creo. El ensueño y la sonrisa son de agradecer en toda ocasión, y más todavía si van acompañados con una certera visión de lo humano y transitamos estas épocas de amargo desconcierto.

Soy aficionado a la Historia. Bradbury, sin ser historiador, me enseñó con su arte algo fundamental para un joven inquieto: que la Historia sí existe, pero no es como la cuentan los que ejercen circunstancialmente el poder. Que tras la tranquilidad y las apariencias apacibles aguardan turbias asechanzas, y tras supuestos libertadores y "transgresores" a veces se esconden los peores liberticidas y egoístas. Otro autor, favorito de uno de los habituales comentaristas de este dignísimo blog, me refiero a Philip K. Dick, dejó escrito por ahí 'reality is just a point of view'. That's right, Phil ;-).

El problema central de nuestra vida nunca son las permanentes transformaciones de los entes, seres humanos incluidos, sino los cambios que a la construcción discursiva de la realidad hacen quienes tienen mayor poder de condicionamiento socioeconómico de la vida cotidiana. La sociedad y sus instituciones parecen funcionar como las partes en un contrato de adhesión, cuya dinámica es menester ser capaz de criticar permanentemente para que el mayor poder de condicionamiento de las acciones no aplaste nuestra libertad con sus normas predispuestas unilateralmente como si fuéramos hormiguitas. Y nadie puede ejercer esa crítica sin una previa autocrítica. Hay que ejercer la plenitud de la memoria para saber quién es uno y así poder conocer las relaciones de fuerzas: dónde empiezan y terminan nuestra voluntad y el imperio de lo que se pretende exteriormente sea nuestra conducta.

Eso sí: si todo lo que nos cuenta Bradbury lo hubiera tenido que leer de otros autores menos dotados para comunicar sus percepciones, seguro que no me acordaría del menor detalle. Porque la 'scientifiction' en realidad es literatura de la especulación científica en la parte menos científica de la ciencia, perdóneseme el juego de palabras, y a la vez disfrute por el autor y el lector de la aptitud de la ciencia para romper conceptos tenidos por inmutables. La capacidad para mirar los hechos desde ángulos distintos o de crear nuevas situaciones jugando con la idea prohibida fuera de lo ucrónico al buen historiador, o sea el "¿y qué sucedería si...?", pone en juego, en la buena literatura fantástica, las variables sociales, éticas, religiosas y científicas en las que nos movemos sin tomar conciencia de ellas. Es "un cachetazo al vicio", un ejercicio que nos fuerza a modificar siquiera transitoriamente nuestras percepciones, ideologías y creencias para obligarnos a ver la realidad con los ojos de otros. O de los otros que nos negamos a ser.

Me aburren (casi uso el grosero argentinismo "me embolan") los escritores de cualquier género que se creen en el deber de enseñarme algo. Cuando huelo que un tipo, en vez de usar el vuelo de su imaginación para compartirla, pretende que la obligación del arte es enseñar ciencia o bien pronosticar con fuerza horoscopera cómo vendrá la mano del futuro, o alertarnos sobre lo malo que el porvenir será, huyo raudo cual saeta en dirección a gente acaso más ignorante, pero también más ingeniosa, y por eso digna de ser escuchada. Aunque, por desgracia, durante cierto período del siglo XX ése fue el objetivo de varios de los más difundidos exponentes del género.

Así, nadie ha conseguido embolarme tanto literariamente como Isaac Asimov. Quizás sí algunos escritores de novelas policiales inglesas (excluido por supuesto el venerable Chesterton). Ni siquiera ciertos juristas y economistas, saltimbanquis ideológicos y literarios maravillosos, orientados a ganar el espacio intelectual para preparar un terreno político, me han fastidiado tanto, pues luego resultan divertidas sus doctrinas, una vez trasladadas al terreno de la ciencia y confrontadas con el llamado Universo o Realidad. Uno no puede dejar de encontrarlos un juego, un ejercicio intelectual de método y estilo para conocer el escenario de confrontación. Pero cuando uno lee "por deporte", es otra cosa lo que espera.

Y no es lo mismo el alienígena verde de un escritor fantástico que el de un escritor de ciencia ficción "dura". En lo que a mí respecta, opino que el lugar del método científico es principalmente el análisis bromatológico, la física, o la evaluación de la prueba producida en juicio. "Realismo" literario es, por definición, tomar a los objetos como exactamente se perciben o sistemáticamente se racionalizan. El realista - que puede ser un gran escritor - finge no describir la realidad a partir de su punto de vista. Intenta disfrazarse de múltiples personajes ocultando todo lo que pueda sus hilos de titiritero para proporcionarnos una sensación de veracidad absoluta, de "hecho real". Era el ideal del naturalismo positivista de mediados-fines de siglo XIX. Zola, Galdós y esos tipos.

Pero, como decía Macedonio, no es el realismo poderoso arte; crear o comunicar cierta belleza literaria o artística en general sin la menor ruptura con la realidad para meter al receptor dentro de nuestro convencionalismo arbitrario es bastante difícil de conseguir por la vía del realismo. El ser humano gusta de los juegos de fantasía que le permitan vivir otros mundos propios y es en estos otros escenarios en los que aceptará duras realidades que en el día a día no querría ver. Ejemplo: cuando vamos al teatro, y una trifulca conyugal sucede en el dormitorio, ¿no falta una pared? Otro ejemplo, más venerable, y me cago en Racine, es el del teatro clásico griego, que se caracterizaba por no tener escenografía: "¡Mira, oh, Electra, ese trirreme que se aleja hacia Creta!, decía el protagonista mirando para allá. Y atrás de los enmascarados actores, en vez del trirreme pasaría, supongo, el meteco manisero o el mercader persa de la Coca-Cola vendiendo refrigerios al público, como en la cancha. Y la magia igual funcionaba...

Hablar directamente de lo que pasa en el mundo sin el rodeo de la hechicería artística, confundiendo eso con el realismo, por lo general lleva en literatura a cosas insustanciales. Ahí anda sin embargo la admiración de muchos por el prolífico amigo Asimov y sus inequívocos y ruidosos lavarropas de los años cincuenta disfrazados de imaginarios marcianos. Espero no se me vaya a enojar ningún adicto a la "ciencia ficción dura", pero hablo de literatura, no de ciencia. Insisto: de artificios para comunicar ensueños, no de análisis de orina.

Quise recordar buenos momentos pasados con un libro en la mano, curiosidad en los sentidos y muchos sueños en la cabeza. "Las maquinarias de la alegría" (para usar el título de otra buena colección de cuentos de don Ray) en mi caso hace un tiempito que no funcionan apropiadamente. Están atrancadas desde que escuché estas seis palabras juntas: "tenemos que ir a lo seguro". La eterna pregunta es: ¿cómo? Si a Seguro, sabemos, lo llevaron preso:-).

Se me olvidaba: desde mi encuentro con Montag y su tardía pero digna rebelión, siempre tengo en reserva otro fragmento de escritos ajenos, otro párrafo "sampleado" en mente listo para analizar. Los fugitivos somos el futuro de la memoria, somos la reserva moral de la identidad humana, y Ray me ha contado, cuando yo tenía dieciocho irrepetibles años, que hay que guardar cosas importantes en el recuerdo, porque al mediodía llegaremos a la ciudad.