El arte, concebido como esfuerzo para expresarse y mejorar la estima colectiva por la belleza u otros valores que tomen su lugar, esto es, como cultura y como estética, si bien depende de criterios de apreciación que en mucho varían de una persona a otra, y no tienen por qué compartirse en todas las comunidades culturales históricamente configuradas, precisamente en razón de las influencias del tiempo y la interacción de las voluntades humanas, puede sin embargo reconocer ciertos mínimos comunes denominadores para reconocerse como tal.
Cualquier elemento que con su sola presencia constituya una ruptura del código o precepto con que muchos identificamos al arte, esto es, expresión de lo bello, o de lo bueno, o ambas cosas, recuerdo y pongo por ejemplo unos señores con piercings faciales y tatuajes observando algún - no se sabrá jamás si por el estilo del Mingo Theotocópuli o por el hollín de siglos - ennegrecido cuadro de El Greco, iluminado como la cara de la momia de Ramsés II, en el Museo Nacional de Bellas Artes allá por febrero de 2004, no implica por sí solo que en la concepción de estos a juzgar por su indumentaria modernos bárbaros su estética no sea tan artística como la del famoso pintor español. Son - quizás - actitudes que manifiestan la resultante de variaciones culturales que aprecian como artística la sombra, el dolor, el sadismo social, la contradicción de los valores estables considerados como elemento de sujeción económica o social en sentido político.
Específicamente, me refiero a quienes efectivamente creen (y están en todo su derecho de hacerlo) que meterse un candado en la nariz como piercing y sostener determinadas posturas ante las artes y la política son cuestiones íntimamente vinculadas desde lo ideológico. Muchas personas asumen ciertas actitudes y adoptan determinado aspecto físico porque los creen relacionados con distinguirse como adeptos a alguna corriente del pensamiento filosófico y aun político. Y están, reitero, en todo su derecho de hacerlo, aunque en mi opinión eso es un anacronismo: juegan al intelectual crítico o al artista rebelde, pero muchas veces no son ni una cosa ni la otra.
Lo llamo anacronismo, porque me parece que quienes obran así lo hacen reproduciendo el antiguo estilo de los artistas románticos, que se disfrazaban de artistas rebeldes... para demostrar que eran realmente artistas rebeldes. Alguna vez Alejo Carpentier (sí, el mismo, el que a la vez fue un gran escritor y conocedor del arte y diplomático y Ministro de Cultura de cierto déspota, una cosa no excluye la otra) escribió un artículo recogido en "El adjetivo y sus arrugas" (Buenos Aires, Galerna, 1987), titulado "El ocaso de los poetas malditos", en que explica justamente esto. Una curiosidad: el Jefe de Estado al que sirviera don Alejo prohibió a Cream en la isla durante los sesenta; treinta y pico de años después, pasado el furor pop, cuando los melenudos anglosajones de aspecto desaliñado prerrafaelista ya no asustaban a su régimen, el fulano erigió con bombos y platillos una estatua a Lennon. Para entonces el ácido rockero inglés estaba convenientemente muerto y por ende no podía decir qué le parecía el homenaje de semejante admirador. ¿Qué quiere que le diga, don, doña?: Rufus T. Firefly estaría probablemente orgulloso de tamaño discípulo. En fin... imagínome será lo que en uno de los tres foros de Internet que he frecuentado (el argentino, el que tiene cientos de usuarios habituales y miles de inscriptos y pese a ello un webmaster razonable y mayoría de personas aparentemente normales entre su elenco de estrellas invitadas) se invocó en broma desde los alrededores de Madrid a propósito de otro asunto: el "marxismo-lennonismo" (por Groucho y John):-).
Retomando el asunto, aclaremos que suele suceder que un gran artista que es también un hombre de ciertas convicciones haga arte sin mayores vínculos visibles con sus ideas, a la vez que es un experto conspirador político y hasta revolucionario de barricada, todo ello acompañado de suaves modales e indumentaria similar a la de un ejecutivo o Gerente de Banco. Ejemplos sobran (se me ocurren los maestros Giusseppe Verdi o Pau Casals), y si uno hace memoria, los encontrará. Y también se me antoja que muchos aparentes "innovadores" del arte actual que se dicen progresistas en política resultan, a poco que uno analice sus dichos y hechos, más reaccionarios que el mismísimo Dr. Goebbels, aunque luzcan piercings o el pelo teñido de verde y oro para disfrazarse de "jóvenes rebeldes".
No hay, en rigor de verdad, necesidad alguna de crear una nueva tradición cultural en occidente para oponerse legítimamente a lo que de malo encontremos, por ejemplo, en la política. Eso sí: a estos señores que a veces vemos por las exposiciones o las conferencias, de aspecto pintoresco y lenguaje cuasi esotérico, lo que en mi comedido juicio les suele faltar es capacidad para hacer política desde su debido lugar, que son las instituciones políticas, sin usar como pretexto otras actividades tan excelentes como la política, caso de las artes plásticas o literarias, o la ciencia y la filosofía. Quiero decir, que sin perjuicio del derecho de todo artista de expresarse políticamente, no necesariamente una pintura o un film, una instalación para escultura o una colección de narraciones de ciencia ficción deben tender ni al mantenimiento cerril del orden establecido ni a la instrumentación de revolución política alguna.
Pero, si alguna vez se ha debido soportar la irrupción literaria de algún entrenador de fútbol que calificaba a los sistemas de juego en "de derechas" (los que a él no le gustaban, y propugnaban 'casualmente' quienes no estaban en su negocio) y "de izquierdas" (el propio y de sus amigotes, aunque condujeran 'en derechura' al cuadro de nuestros amores a la segunda división), ¿podemos extrañarnos de la abominable profusión de sedicentes vanguardistas en el terreno de las artes, determinando dioses y demonios? Y ahí tiene uno para ejemplo el cine "de arte" patrio, tantas veces estrafalario, aburridísimo, hipócrita, falso e incoherente.
Un apunte más: con absoluta autonomía del mérito de cada pieza artística, históricamente siempre han sido los tontos que se asustan "por las dudas" y prescinden de la comprensión quienes le dan fama al autor y trascendencia a la obra cuestionada por "escandalosa". Cuando una obra determinada nos resulta absurda u ofensiva, nada mejor para nuestro interés que usar suaves maneras, tratar de dialogar con el artista y comprender sus razones y sentires. Acaso nos convenza, y debamos ponernos de su lado. Y si así no ocurriere, quizás desenmascaremos a un falso artista. Lo que, en los tiempos de superproducción de expresiones humanas que pasan por artísticas, no será poca cosa.
No comparto la aceptación de estos sujetos o de sus concepciones como artísticas, pero eso es apenas mi punto de vista. Y si existe alguna preceptiva con valor universal, no creo que sea el caso de la vinculada al arte, que como expresión libre de lo individual es susceptible de juicio apenas relativo. Quiero decir, que acaso estos señores a que hice referencia antes como elemento de ruptura de una convención social, con su estética de lo horrible, más allá de nuestra concordancia o discrepancia con su escala de valores, crean que la reivindicación de la amplia libertad expresiva, concebida como facultad de hacer lo que uno le venga en gana, es arte. A lo mejor, visto desde su óptica, pueda ser verdad. Lo cierto es que se alejan de la universalidad estética en cuanto mejoramiento humano, tal como algunos lo concebimos, y por eso es que nos puede resultar repulsivo lo que a ellos les parece "transgresor", o reivindicativo de valores que consideran excluidos injustamente de las concepciones artísticas aceptadas desde lo institucional.
¿A qué viene todo esto? A que una cosa son estos sujetos de aspecto estrafalario y a veces jerga sectaria, y otra los astutos hombres más o menos vinculados a las telarañas de la cultura oficial (periodistas, políticos, psicoanalistas, policías, pelotudos y demás respetables profesiones que empiezan con "p" ;-)) que se aprovechan circunstancialmente de ellos, a favor o en contra, para imponer, como alternativa a un supuesto academicismo o convención aceptada desde los ámbitos que definen la estética, otro "pensamiento único" tan detestable como el que ellos aseguran querer combatir, sin dar para eso el paso primordial: comprender.
[Vano amontonamiento de palabras en el polvo cósmico del infinito]
lunes, abril 25, 2005
Arte de apreciar el arte, o no
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