domingo, febrero 27, 2005

Koalas

-Mayo de 2004

KOALAS

Desde la horqueta más alta del eucaliptus, el koala se mira por dentro, haciendo lo que los filósofos y psicólogos han dado en denominar introspección, y se siente relativamente fuera del tiempo. Puede ver las sombras encapotadas del final de otoño, abrigadas, encorvadas bajo el peso del frío y el triste devenir del fin del mundo, que para él es el principio y la raíz de todas las cosas. Extraña en su espalda el abrazo cálido y suave, y en el aire fresco del otoño, ya casi invierno, flotan hojas secas, y recuerdos de un aroma a mandarinas jugosas y a sonrisas anaranjadas compartidas entre ungüentos de menta.
El koala está en época de mandarinas, y mientras el frío acecha a los mendigos que duermen en la vereda de la avenida arbolada o la escalinata de la Basílica, sobre unas mantas, calentándose con la lumbre de unas latas, casi como en la Edad Media europea, mientras sesudos charlatanes supuestamente omniscientes continúan redactando severos artículos y magistrales conferencias o abriendo las puertas de nuestra casa para que vengan a jugar al Monopoly con nosotros como fichas y sin nadie al otro lado del tablero, mientras todo eso sucede, decía, el koala sigue soñando con un mundo posible sólo en su fantasía: un mundo de quietud creativa, de mandarinas frescas, de cremas con aroma a menta y vainilla, libros, pinturas, caricias y músicas suaves, donde no entren las miserias de la política que tan bien conoce y que nunca vio que se resuelvan porque se las verbalice. Creer que la mera puesta en palabras de un problema es empezar a solucionarlo es una de las formas más asombrosamente estúpidas del pensamiento mágico. Encontrar las palabras que expresan las ideas que nos ponen en movimiento, puede ser pensamiento crítico: de las crisis solemos sacar partido para cambiar y ser mejores o peores, porque no conseguimos ser siempre los mismos. El koala aprendió eso yendo a un ritmo mucho más lento que el entorno, y llegando igualmente a los sitios que le interesaba visitar: algunos aromas, algunos tactos, amados sonidos, dulces miradas, ciertos corazones...
Hay otro enemigo de la felicidad de este koala, todavía tan asombrado de cuán extraño puede ser el mundo que ya casi ni visita su horqueta. Ese enemigo es la sensación de que su mochila, su centro del mundo, está como ausente, introspectiva y silenciosa, que es un modo de la transición y la crisis que la distancia le hace percibir como triste.
El koala quisiera volver al dulce engaño del deseo de lo intuido como maravilloso. Pero no le duró lo suficiente el disfrute, y no sabe si debe abandonar a las fuerzas del invierno y el desgaste del tiempo su amada horqueta, su atalaya.
Antes de descender, acaba su mandarina y -en homenaje a la persona amada y ausente quizás para siempre- deja la anaranjada cáscara, con su pequeño copete verde (un tronquito y tres diminutas hojas) sobre una ramita de la horqueta, como una señal y una condecoración al árbol fiel del Partido de los Sueños Melancólicos, que son en definitiva los mejores sueños. Saca un caramelo de menta del bolsillo y mira las estrellas que brillan en el cielo negrísimo, imitando esos ojos. Mira esa pantalla celeste, y ofrece su mirada azul a la distancia, y brinda con el caramelo. El papel metalizado, rojo y verde, cae del árbol en espirales hasta las baldosas color vainilla. El koala se aferra al tronco del árbol, y comienza a descender sin dejar de mirar las estrellas... La Cruz del Sur es fiel a los intrépidos navegantes del sueño.
¡Salud!

KOALAS, part II: EL AMANECER

Según nuestro Wolfgang Amadeus Mozart, para llegar al mundo nuevo o renacido de sus cenizas debe uno hacerse sabio superando tres pruebas: la del Silencio, la del Agua y la del Fuego. Y si a la primera, la del Silencio, se la pasa en soledad, las otras dos pruebas se las supera con el auxilio de la buena voluntad, la amistad, el compañerismo, el amor. Plantear críticas en foros de opinión implica proponer un debate superador, porque toda educación está destinada a conservar el molde de un modelo socialmente dominante. Desde la cuna se nos va formando según una manera de observar y entender el mundo. El solo hecho de aprender el idioma materno ya nos condiciona, y hechos como el multilingüismo o la diversidad ideológica nos liberan, aunque nos duela (¡y cómo!) el aprendizaje.
Acaso también debiera apuntar - pasando en limpio lo que hace tiempo traviesamente puse en un territorio enemigo desde un locutorio - que permanezco al acecho de oportunidades, palabras y significados porque no tengo en verdad dónde hablar ni cómo justificar mi uso del lenguaje y mis fantasmales percepciones. Una parte de mí es pesimista por decepción, por fastidio de dar con la reiteración de finales agridulces cuando esperaba -y espero- dar con un bienestar perpetuo, una sensación continua de estar en los pequeños grandes momentos de posesión del bien en que el epicureísmo hace residir la felicidad. Esa parte pesimista del koala es de tono superrealista, de escritura automática: el Alfredo oscuro, que le hizo escribir a mi mano que yo fui una persona, pero he sido derrotado por los fantasmas, y desde entonces ando en derrota, navegando sin rumbo previsible, entre témpanos y bloques de tierra ingrata. Sin embargo - añadía el travieso koala, apelando a su parte luminosa, más luminosa desde que los ojos más bellos lo miraron a la distancia - no he perdido la esperanza de volver a concordar las intenciones y las miradas con mis palabras. En mis viajes por el desconcierto hay tierras incógnitas que me sorprenden y me insinúan significados amados o temidos. Voces y pieles familiares. Ahí quedaré al final del recorrido: unos trazos torpes que ensayan la caligrafía, unos garabatos en el espacio virtual. Después, quizás, la nada. Quizás.
Mientras tanto, permanezco oculto tras mis palabras, atento a desconfiar de las propias credulidad y desconfianza, sabiendo que no siempre soy el soñador y pacífico koala. Las palabras son el vehículo de intenciones y maneras propias y ajenas. Necesariamente nuestra credulidad o desconfianza en esas intenciones y maneras es lo que les otorga eficacia a las palabras: sus significados y significantes están en nosotros, y nublan la realidad tantas veces en un cielo de múltiples metáforas e imágenes que son otras tantas intenciones y maneras de convocar a los espectros queridos y volver a tornarlos tan reales como cuando podíamos percibir su carnadura.
En su cuevita apenas iluminada por una luz rectangular, recorriendo con ágiles y pequeños dedos el teclado que hace las veces de romántica pluma, el koala se mira por dentro, haciendo lo que los filósofos y psicólogos denominan introspección, y se siente relativamente fuera del tiempo. Puede oír los sonidos fríos del viento del sur al final de otoño, y presentir esporádicas sombras encapotadas, abrigadas, encorvadas bajo el peso del frío y el triste devenir del fin del mundo, que para él es el principio y raíz de todas las cosas. Extraña en su espalda el abrazo cálido y suave, y en el aire fresco del otoño, ya casi invierno, flotan hojas secas, y recuerdos de un aroma a mandarinas jugosas y a sonrisas anaranjadas entre ungüentos de menta.
El koala está en época de mandarinas, y no sabe si debe abandonar a las fuerzas del invierno y el desgaste del tiempo su amada horqueta, su atalaya. Antes de irse, ya muy tarde, a dormir, acaba su tercera mandarina de la noche y deja la anaranjada cáscara, esta vez sin el pequeño copete verde (un tronquito y tres diminutas hojas) sobre un plato, junto al teclado, como una señal y una condecoración al ordenador fiel del Partido de los Sueños Melancólicos, que son en definitiva los mejores sueños. Imagina las estrellas que brillarán todavía durante unas horas en el cielo negrísimo, imitando los ojos de la mujer amada. Mira esa pantalla celeste, y ofrece su mirada azul a la distancia, y brinda con una copa de imaginación, y dos lágrimas. El corazón azulgrana del koala (así se lo tiñeron en la infancia) cae por el balcón en espirales hasta las baldosas color gris plomo. El koala se recuesta en una cama de dos plazas, y apaga la luz: comienza a soñar con ella mirándolo desde las estrellas de los desamparados cielos del Sur...
Y ahora me voy. Amenazo irme, como corresponde a un buen fantasma de forista...
¡Salud!

3 comentarios:

Nancita dijo...

Aveces somos koalas q no se pueden sostener en las copas de los altos árboles.... caemos hasta un abismo profundo, pero tarde o temprano, somos capaces de volver a lo mas álto de las ramas y nos quedamos ahí suspendidos durante mas tiempo que en la anterior oportunidad. Es un círculo por el que caminamos toda la vida.

Marcelo dijo...

Yo quisiera formar parte del Partido de los Sueños Melancólicos... pero soy un koala medio rebelde de lo institucional.

Alfredo dijo...

Vaya: Marcelo on line, casi al mismo tiempo que el suscripto perpetrador de esta bitácora. Muy agradecido por su interés por tomar parte en tan onírica asociación civil. Algún día me atreveré -espero- a postear algo que escribí una vez con escasa originalidad acerca de un tal Burton, inglés de hace varios siglos, que escribió con pretensiones científicas y derroche de arte un famoso tratado sobre la melancolía que se las trae.

Nancita: a vos no te conozco, pero agradezco tu comentario. No deja de ser una parte importante de la vida del koala.

Un saludo a ambos.