miércoles, julio 30, 2008

Fantasías animadas de ayer y de hoy

Aunque me aparte de la bitácora, no puedo evitar escribir. En papel, sobre pizarras o aprovechando campos de escritura virtual en computadoras. Siempre escribo. Sobre todo, alegatos, recursos, peticiones administrativas y cartas documento. Debo ser el literato más insultado por los receptores de su arte que jamás haya conocido el mundo. Para ahogar hondas penas que tengo, entonces, en vez de rubio champán, uso libros, revistas e Internet: leo. Escribo y leo. A veces la lectura me descubre lugares, personas y situaciones reales y palpables. No bromeo. Tampoco me he vuelto loco (espero).

Lleva razón el autor de "Palimpsestos" en cuanto a que ciertos personajes literarios, sobre todo entre los femeninos, nos impactan tanto como una rotunda persona corpórea, respirante y oliente. También puede suceder que un lector haya desarrollado una sensibilidad que le permita incorporar, pongo por ejemplo, a sus amantes favoritas de carne y hueso en la galería de tipos femeninos que gusta encontrar en las creaciones del imaginario de los vocacionales de la letra impresa, hasta no poder distinguir de las proyecciones emotivas halladas en sucesivas adquisiciones literarias a la amiga de ojos soñadores de la Universidad, la compañera de oficina de buena delantera y espíritu guerrero, la perfecta desconocida que le sonrió en el colectivo, la demasiado conocida que se le entregó en el tálamo nupcial, la chica que se apretó en aquella discoteca de moda o la esforzada trabajadora del desprestigioso lupanar.

Podemos tropezarnos durante nuestras andanzas con descripciones hechas de mano maestra que permiten instalarnos en el estado de ánimo de los personajes y sentirlos tan vivos como si fueran parte de un recuerdo histórico propio. Así sucede con la notable descripción de la fiesta de cumpleaños irlandesa que en "Los muertos" hace James Joyce. Supongo todo esto guarda relación con aquellas series de virtudes y defectos que por razones personalísimas agradecemos descubrir en nuestras experiencias, eso que algunos reconocerán como "mitos o tipos literarios" y contumaces lectores del Dr. Jung (no soy capaz de explicar por qué, este psiquiatra siempre me evoca al jurista Carl Schmitt) aludirán como "figuras arquetípicas" del "inconsciente colectivo". Y marchen los correspondientes saludos para Charly. Esas tipologías funcionarían por aglutinantes culturales. Se repiten, una y otra vez, hasta redondear ciertos rasgos elaborados colectivamente y, ya condicionada la imaginación de uno cualquiera vaciado en ese molde, el entonces lector se anticipa a completarlos con otras percepciones procedentes de su experiencia con la realidad y la ficción. Tiene esa carga, según parece.

En el caso de los arquetipos del psiquiatra suizo, encajan perfectamente dentro de la literatura alemana o inglesa, y la norteamericana romántica. Si el autor de turno resulta escribir desde Jujuy, China, Japón, México o la Europa del Mediterráneo, por citar unos cuantos ejemplos, seguramente nos convendrá cambiar de tipos ideales antes de leer, si es que vamos a emocionarnos. Como bien sabía Borges, sujeto que se la pasó adaptando los góticos y escandinavos para su uso grecolatino, la variedad de arquetipos demuestra que los seres humanos tenemos las mismas emociones y pensamientos, sí, pero cada cultura invoca a unas y otros con distintos rituales. Personajes de narraciones de Baroja o Marsé, Pavese o Pratolini, Azuela o Rulfo, Akutagawa o Liu Shin, no responden demasiado exactamente - ni por joda - a esos tipos literarios germánicos anteriores a Jung y ni que hablar a la "globalización", como sí lo hacen los de Conrad, Stevenson o Hawthorne. Pero les juro que unos cuantos de ellos también están vivos. Entre nos: acabo de venderle unas canillas de bronce viejas al botellero Java, sin ir más lejos. Fue por motivos sentimentales: llevaba años sin ver pesar con una romana. También, tipos y arquetipos al margen, en los poemas de alguno de esos autores hay una vieja conocida del género humano que está indudablemente viva, aunque su función o nicho ecológico resulta ser dejarnos a todos sin aliento. No menos carnales son los amantes y el melancólico dueño de casa de unos poemas de Ferrater y Manuel Castilla, respectivamente, que ya hemos citado años ha por aquí.

El Néstor (tranquilos, que hablamos de otro Néstor ;-)) continúa impresionado con María Iribarne, personaje de la novela "El túnel", del casi centenario escritor Ernesto Sábato. En busca de las emociones primarias que ese personaje femenino le suscitara, desoyó el mandato de los sabios que comprenden la imposibilidad de ser otra vez aquel inocente de la primera emoción, y trató de hallar su ejemplar editado por Seix Barral, el mismo en que descubrió la tenebrosa historia de Juan Pablo Castel. Y el retorno se frustró, porque no lo pudo encontrar. Difícil situación la de nuestro colega bloguero, esa de andar por la vida sumamente preocupado, buscando obsesivamente entrar en relación inmediata y directa con determinado ejemplar de cierta edición de un libro, esperando devuelva, por su hermandad editorial con aquel nuestro ejemplar de la experiencia prístina, el encanto del primer enamoramiento o admiración por un personaje de ficción, que es, arquetípicamente, el del primer encuentro con alguna persona posible en el mundo de los vivos.

Por su parte, un ciudadano tripero en el exilio conocido en estos bytes como "El Flaco" reconoció en comentarios al blog de referencia haber sucumbido, cuando lector platense recién estrenado, al prodigioso misterio, sensualidad e insania de la porteña de Barracas Alejandra Vidal Olmos, creada por el anciano novelista vilmente adicto al León para ejercer de protagonista en su "Sobre héroes y tumbas". Respecto de esta novela debo apuntar que los caracteres de ficción de la historia principal (Alejandra, Fernando, Martín, los camioneros, y algunos otros personajes secundarios) tienen más vida que los decimonónicos presentados en la historia paralela, salvados todos éstos por la verosimilitud de un arquetipo: el sargento Aparicio Sosa. Cuando la edición "Piragua" de 1966 llegó a mis manos, dos décadas más tarde, ya no tenía las tapas, y hube de reconstruirlas con dos cartones recuperados de blocks anotadores, cuerina, papel encerado, cola vinílica e ingenio. La primera persona con quien comenté esta novela fue un todavía hoy amigo escasamente afecto a la persona de Sábato que suele lamentar la admiración dispensada a través de esa narración ya clásica hacia Lavalle, personaje histórico que fue durante su vida de actuación ligeramente lamentable. Pero no viene al caso, porque el general termina siendo un saco de huesos envuelto en un poncho celeste, y de todo el resto nos queda en la mente Aparicio Sosa, símbolo literario de miles de desconocidos a quienes antes, entonces y después mandaron hacer cosas terribles y de dudosa utilidad social: "vaya y derróquelos a esos incivilizados". Apuesto doble contra sencillo que en las tropas de Oribe que perseguían a los fugitivos de la Legión iba un mellizo de este Sosa, con la consigna: "alcáncelos y reprímalos a esos salvajes".

Lo haya querido o no, el oriundo de Rojas celebró no al insensato Lavalle, torpe catalizador de nada menos que veinte o treinta años de guerras civiles, sino al sargento Sosa, a todos los sargentos Sosa. Bien pensado, no sé cuál de los "errores morales" que se pueden atribuir al residente de Santos Lugares resulta ser 'más pior'. O acaso uno de esos vicios conlleve al otro; acaso el aristócrata en armas no pueda ser, en la literatura compuesta por escribas de determinada formación cultural o extracción social, sin la compañía de alguna especie de escudero fiel desposeído de voluntad autónoma. Sosa jamás sería puesto, ni siquiera por broma, por ver qué hará con el poder, pobre hombre inexperto, en el gobierno de Ínsula Barataria alguna. No osaría tal cosa Sábato ni tampoco mi amigo el criticón, que dice es en estas pequeñeces en las que hemos de buscar la explicación a ciertas contradicciones vitales del novelista y ensayista durante los sesenta y setenta, y al final veo que va a salir teniendo razón. Cosas que ocurren, el buen narrador Ambrose Bierce también fue sargento, pero en la vida real, y no guardó buena opinión de sus superiores, aunque combatía para "los buenos", y le tocó - supuestamente - vencer. Marche mi saludo para el civil sureño ahorcado en "Un incidente en el puente sobre el arroyo del Búho". Que también él, gracias al sargento Bierce y su pluma, está vivo.

En la entrada anterior hablábamos de cierto grupo social de los comicios centuriados romanos, el de los proletarii, ciudadanos que combatían de a pie y malamente armados, estamento al que cuando tocaba el turno de votar invariablemente las centurias de æquites habían repartido, con las mayorías rituales, todo el pescado castrense, y en cuya desventura se inspiraron autores políticos del siglo XIX para referirse a unos nuevos europeos desposeídos contemporáneos suyos. Por ahí va la cosa, aunque este Aparicio Sosa de la novela de Sábato gozara ya de la ventaja de al menos hacer la guerra a caballo. Anda todavía "Sobre héroes..." en un estante, cerca de "Boquitas pintadas" de Manuel Puig, otra novela rica en personajes inolvidables, gran parte de los cuales existieron realmente en Villegas y su puesta en circulación nacional e internacional por obra y gracia del autor costó a éste algunos conflictos con paisanos suyos que, heridos en la preservación de su intimidad, no consideraron las ventajas de la impersonalidad que ese juego de recreación otorga ante terceros a quienes son genuinos caracteres históricos. En efecto, todo heredero o amigo de la persona física inspiradora del alter ego literario debería permitirse un magnánimo perdón de la travesura. Porque dama inmoral en una pequeña urbe repleta de correveidiles y preocupados por el "¿qué dirán?" puede ser, con mediocres resultados pero con su verdadero nombre y apellido, una señora o señorita cualquiera, pero que nuestra propia tía abuela pueda devenir bajo nombre supuesto atorranta calificada arquetípica de las letras argentinas y se le reconozca oportunamente ese mérito es cosa de la que podremos estar ciertamente orgullosos: "¡Aaah!" -dijo uno- "Esa Francisca que participa en la orgía con dos PM marines negros y un prisionero japonés que se relata en el capítulo cuarto de 'La ramera de Okinawa', novela histórica del afamado literato inglés Sir Stephen Lighthouse, y celebrada como protagonista arquetípica por los mejores críticos literarios de Oxford, Cambridge, Princeton y la Universidad Popular de la Boca, bueno, esa en la realidad histórica era mi abuela Anita, para que usted sepa, y puede leer la reseña en 'The Guardian', si no se duerme antes de llegar al suplemento literario de ese voluminoso periódico"... Cotéjese esa actitud con la que asumen algunas personas orgullosas por otro motivo cualquiera de su árbol genealógico, desciendan o no de próceres y díganme si no viene a ser lo mismo, a los efectos de la literatura y sus figuras arquetípicas, ser el nieto de la ramera de Okinawa que el chozno de un lord inglés, pongamos por caso Bertrand Arthur William Russell (que descuento se manifestaría cínicamente de acuerdo con mi insignificante opinión).

Los libros viejos suelen llegarnos, o volver a nuestras manos, si es que eran ya del propio dominio, con pequeños testimonios de nuestros congéneres: dedicatorias a personas desconocidas, olores a ignotos tabacos de distinta textura, hollines diversos, notas marginales y subrayados unas veces acertados e iluminadores y otras superfluos y hasta incomprensibles, aun irritantes. Cuando manipulamos un ejemplar a cuyo anterior poseedor o tenedor hemos conocido, no pocas veces nos vuelve un poco de él o ella en el momento de la contemplación y/o de la relectura. Mi ejemplar de "El Túnel" es de otra edición distinta de la añorada por Néstor: la de EUDEBA de 1966, revisada por el propio Sábato. Acaso fuente de la de Seix Barral. Tapas enceradas negras y flexibles, hojas interiores de papel berreta (porteñismo que inmortaliza a un verdulero del siglo XIX famoso por vender bazofia a su clientela en el desaparecido Mercado del Plata, que quedaba en la cortada Carabelas, y equivale no tanto a nuestro más moderno vocablo "trucho" como al españolismo "cutre"). Papel de calidad similar a la del que usaba Minotauro, es decir la típica presentación de las colecciones populares de libros que se vendían en quioscos de diarios.

De esa misma serie conservo las inquietantes "Falsificaciones" de Marco Denevi, que encontró la felicidad dejando de escribir, premio Kraft de 1955 mediante, enojosos alegatos, recursos, peticiones administrativas y cartas documento. Desde que la leí a los doce años, en 1975, me persigue la impresión que me hizo la "Falsificación" del supuesto primer cuento de Kafka atribuido a un número de la revista praguense "Der Wanderer". Relato de ambiente judicial, revela al lector avisado la incidencia del ambiente sobre la psiquis del escritor, los fatigosos recuerdos del Palacio de los Tribunales de Injusticia alojadas en las circunvoluciones cerebrales de don Marco, oriundo de Sáenz Peña, una estación de ferrocarril - o algunas paradas del 105 - antes de Santos Lugares, donde reside Sábato. Yendo desde Baires, claro: Partido de Tres de Febrero, capital Caseros, donde la batalla famosa. "El nombre" (del condenado), dice un narrador que cobra vida desde la hábil pluma de Denevi, "me parece conocido. ¿No será el mío? Pero ahora yo soy el Juez, y firmo las sentencias". Extraordinario. Lo que hace a la mente del letrado, en la Praga de los Habsburgo o en el Buenos Aires de Perón, laburar en compañías aseguradoras. Y, bien mirado, lo que puede hacer un buen cuento sobre la mente de un preadolescente. Mucho más adelante llegué a dar con el Dr. Max Brod, y comprendí que su amigo Franz no fantaseaba mucho más que cualquier otro letrado, y los verdaderos alegoristas y fantasistas son quienes no entienden que sus obras nos hablan del horror cotidiano de las sentencias y las medidas cautelares.

De la colección de Seix Barral a que pertenece la edición de "El túnel" añorada por nuestro ciberamigo ("Literatura contemporánea"), impresa en Sta. Perpetua de Mogoda, Barcelona, sobre un papel elaborado con los detritus más execrables de la península ibérica como vil materia prima que rápidamente se puso ocre, revelándose todavía peor que el que usaba Minotauro en los sesenta y setenta, conservo, además de la obra completa del maestro Juan Rulfo y el recuerdo de Abundio, una "novia" llamada Marie, coprotagonista de las "Opiniones de un payaso" de Heinrich Böll, autor al que hasta 1984 desconocía y a partir de entonces tengo como uno de mis favoritos, al punto de haber intentado leer alguna de sus obras breves en alemán, de lo que fui oportunamente disuadido por una amiga provista de atributos tan convincentes como un buen irse, un conveniente apellido de siderúrgica renana y vasta pericia en el uso de la lengua teutona, que me hizo ver la conveniencia de desistir de ejercer de políglota. No tiene nada que ver, pero ahora que escribí "políglota" he recordado un inmortal letrero en el almacén de cierto amigo de mi abuelo, que anunciaba, en mayúsculas trazadas, o mejor dicho garrapateadas, con fibra negra junto a una lata de mercadería comprada al mayorista para venderse fraccionada al peso: "POLVOS DE ORÑIAR". Ni Quino lo hubiera imaginado mejor. Discúlpese mi apartamento del asunto principal, pero es que, como aquel Hans Schnier, el clown de Böll, que extrañaba a su Marie cuando la sensatez aconsejaba buscarse una mina mejor que esa turra, yo soy un payaso al acecho, y colecciono momentos...

Volvamos a donde creo recordar que íbamos: personajes puramente imaginarios o acaso inspirados en amores carnales o platónicos de nuestros escritores favoritos pueden resultar más "vivos" para el lector que sus amantes, vecinos, amigos, familiares, compañeros, enemigos y acreedores de carne y hueso. Esto llega al punto de que a veces se termina amando obras literarias que están lejos de ser un prodigio técnico simplemente porque se encuentra en ellas un personaje que evoca los climas vitales en que ese lector se siente a gusto. Un profe de Literatura del secundario te haría pelar el lápiz y anotar al margen esta observación: "cenestesia", como si estuviéramos ante las iluminaciones de Blake, Whitman o Li Tai Po. No tiene que ver sólo con la buena técnica del autor, sino con la circunstancia de ser los receptores de su arte quienes finalmente le ponemos sentido y significado a la historia que se nos ofrece. Y a saber si nuestra emotividad tiene o no alguna relación con la que inspiró al escriba.

Me ha ocurrido no sólo con perfectos redactores de gran habilidad, sino también con autores con imaginación de guionista cinematográfico apareada con una poco sugestiva aptitud para la ejecución literaria, tipos con mente de esteticista británico de 1890 y modales de encargado de corralón de materiales porteño de 1920, caso de Roberto Arlt. Lo que me hace recordar que también personajes femeninos de algunas películas me han llevado a emociones similares. Curiosamente, no me ha sucedido nada parecido con personajes de piezas de teatro: yo en el cine juego fútbol y en el teatro ajedrez. Pero ahora sé por qué extraños caminos un devoto de las morochas como un servidor recuerda con agradecimiento ciertas interpretaciones de Ingrid Bergman o Lauren Bacall, que no son del club de las brunettes. Alguna canción que supo entonar Baglietto ("¡Vaya una vida!"), a medio camino entre el virtuoso sonido Knopfler de los Dire Straits y las letras del primer Joaquín Sabina, cuando las canciones del cantautor colchonero eran susceptibles de distinguirse las unas de las otras, decía eso de "...si voy al cine es por consuelo, porque Ingrid Bergman tiene tu pelo: no te exagero, en estos meses, vi Casablanca cuarenta veces..." Creo que Bogie y el autor de la letra debieron tener una seria conversación en el bar de Rick, porrón de ginebra y Smith & Wesson del 38 o Star de cachas nacaradas de por medio.

Trabajando sobre la misma idea que expresó a su manera Néstor y es - nuevamente - otro de los argumentos ocultos, hace bastante tiempo se escribió este texto que sigue, a partir de una historia que me contó alguien muy cercano en los afectos y añadiéndole retazos de otra que leí en el borrador de un cuento ajeno cuya autora decidió, muy al estilo de Sábato o Macedonio, entregarlo a las llamas purificadoras de un artefacto abastecido por Metrogas, ese "noble y gran co-autor", benefactor y auspiciante de la genuina crítica literaria:

Bosquejo para novela

Ella aparentaba ser soñadora, sensual, culta, viajera, con un cierto voluble deje adolescente en la conducta. Él se sabía huraño, estoico, curioso, informal, desaforadamente capaz de imaginar y poner sus ensueños por escrito; apostó al instinto y ganó.

Se conocieron sin verse, y luego se fueron contando sus historias, o las que ellos dijeron ser sus respectivas vidas. La primavera (o el otoño, quién lo sabe) les trajo la flor del romance, que se prolongó, fuego fatuo, otro largo semestre.

Ella tenía enormes ojos negros en los que a él le gustaba perderse. Él la miraba con pupilas de lo que el Dr. Macedonio Fernández del Mazo llamara "un inútil color azul".

La vida transcurría suave, descubriéndoles el significado de la palabra "felicidad".

Pero como todo lo que es tiene su fin, sus trayectorias, reunidas por un improbable azar, nuevamente divergieron. Se sabe que los dos lloraron mucho, uno a continuación de otro, a bordo de un moderno aeroplano ella, frente a un obsoleto artefacto cibernético él.

Ella se reveló también capaz de mostrarse mentirosa, autoritaria, manipuladora y altanera. Se recicló en un infinito relato circular de los despojos de su mejor versión.

Él jamás pudo quitarse la decepción de encima. Siguió siendo el mismo, pero nunca más sus palabras volvieron a tener la misma eficacia que en aquel principio. Y ya no volvió a componer escritos con lápiz y papel.

A cada uno de ellos le hubiera gustado saber si era posible que al otro le ocurriera lo mismo. Se preguntaban si esto que sucedía era lo que se conoce como "haber llegado a viejo". Querían aprovechar su tiempo.

Sólo cinco años transcurrieron entre el principio y el fin. Cada uno de ellos se sentía, sin embargo, quince años mayor que la edad indicada por su partida de nacimiento. "Algo" del otro les quedó para siempre en sus maneras, en sus recuerdos, en su mirada.

Nunca se volvieron a ver.

2 comentarios:

Callisto dijo...

Estimado Alfredo:

Interesante lo que dices sobre Sabato y la figura del Sargento Sosa. Estoy componiendo un estudio sobre el Romance de La muerte de Juan Lavalle, donde soy algo severa con Sabato, y me gustaria poder citarte.

Por favor comunicate conmigo en

adriana@altoonet.com

Alfredo dijo...

Adriana:
Te envié correo a la dirección de e-mail que me dejaste, y vino de vuelta con la indicación de 'destinatario inexistente'. Ignoro si será un error de sistema pero, como además tu perfil de Blogger 'Callisto' está inaccesible, sugiero me contactes al correo que figura en mi propio perfil o me dejes la dirección correcta aquí (eso en el supuesto que la de tu anterior comentario estuviera equivocada).
Saludos