lunes, octubre 17, 2005

Bazar del Renacimiento

[Crítica perpetrada en Febrero de 2004]

"El Bazar del Renacimiento" (Paidós, Barcelona-Buenos Aires, 2003) es la versión castellana de "The Renaissance Bazaar; From the Silk Road to Michelangelo", un libro escrito por el británico Jerry Brotton.

Intenta enfocar la cultura renacentista brindando al lector un servicio amable y necesario: el de hacerle ejercitar la memoria, repasando una serie de cuestiones que siempre se estudian al analizar el Renacimiento, pero uno regularmente olvida.

La versión clásica de la significación histórica del Renacimiento italiano es la que procede de autores como Jacob Burckhardt ("Die Kultur der Renaissance in Italien" - 1860), autor que según Brotton ofrece una visión sesgada, incompleta, de esta etapa, pero es el uso hecho por la comunidad de lectores y no la intención de Burckhardt, creo yo, lo que puede producir los efectos eurocéntricos que Brotton atribuye al trabajo del profesor suizo, un digno intelectual que advertía a sus lectores contra los "horribles simplificadores" del pasado que ya en su siglo XIX empezaban a pulular por las Uropas.

También debemos tener en cuenta que Brotton necesita vender su trabajo literario diferenciándose del lote de autores que han venido tratando el asunto. O sea, Jerry exagera un poquito con su interpretación del libro de Burckhardt, famoso, que se inicia con aquel capítulo llamado "El Estado como obra de arte". Yo he leído a Burckhardt, y por ejemplo su tomo II (en la edición que poseo) se abre con un capítulo dedicado a los viajes de los comerciantes italianos por Oriente. Mal puede entonces el profesor suizo por su mera exposición generar la inexistente idea del Renacimiento como una cosa 'Made in Italy', salvo por el hecho de que al tratar del Renacimiento italiano (el principal, pero no el único) se deja en el tintero al no menos brillante Renacimiento nórdico de los holandeses, belgas y alemanes, que también tuvo lo suyo, y en el que es más evidente la ligazón o continuidad respecto de la cultura del último tramo del medioevo. Pero, al no ser el asunto de su libro, es lógico que Burckhardt no lo tratase. Creo que Brotton asimila muy convenientemente para la promoción de su texto a Burckhardt con Michelet, autor francés de textos de Historia algo anteriores en el tiempo, que también partía del nacionalismo cultural entonces imperante y sesgaba demasiado la interpretación de esta etapa como una nueva conciencia del hombre exclusivamente europea.

La idea de 'Renacimiento' para definir las mutaciones culturales en la Europa de 1400 a 1600 sería, según Brotton, una idea desarrollada tardíamente, cuyo primer rastro visible es la Historia francesa de Michelet, compuesta a mediados del siglo XIX. El Renacimiento fue descripto por Michelet, Burckhardt y otros con ojos de su propio tiempo. Y acabaron describiendo o justificando al siglo XIX, caracterizado por el imperialismo, la revolución industrial, la pérdida de poder de la Iglesia, y una visión romántica del protagonismo del artista en sociedad.

El libro, decía, es un excelente compendio de cosas que se enseñan habitualmente en los cursos de Historia, pero que pocas veces se exponen a nivel popular. Brotton pasa revista a la interacción entre las culturas durante un largo período que puede considerarse se inicia en la etapa final de la corrientemente llamada "Edad Media" (ese sagaz invento de Voetius) y se prolonga hasta muy avanzado el siglo XVI.

Claro que el libro tiene sus defectos, pero en general es recomendable, sobre todo porque debemos tener en cuenta también el contexto en que está publicado: un tiempo en que los intelectuales tipo Huntington y su "choque de civilizaciones" parecían predominar por todos lados.

En efecto, Brotton responde muy acertadamente con este estudio sobre el supuesto origen renacentista de la 'superioridad' occidental: así es como liga asuntos de tipo artístico y científico con muy buen criterio a la política de la época, respondiendo con argumentos de peso que finalmente el renacimiento fue lo que fue gracias a una mayor apertura hacia otras culturas y que tan sólo gracias a esa mezcla se puede hablar de 'superioridad' de esa época respecto de las inmediatamente anteriores, pues las culturas estaban mucho más comunicadas que luego, entre el siglo XVII y el XIX, con los Estados nacionales ya consolidados. Por eso es que la génesis del Renacimiento se puede buscar en enclaves multiculturales como Turquía, China o España.

En el siglo XIX sería cuando se forjó la idea popular del Renacimiento como una etapa de la conciencia humana netamente europea, cuyas únicas raices fueron la recuperación directa de la antigua cultura grecolatina.

El Renacimiento comenzó a adquirir una forma comparable a la globalización, afirmación de Brotton que habremos de tomar con pinzas, pues sabemos que 'globalización' hoy alude al predominio político y cultural de ciertos Estados. Digamos, conciliadoramente, que en vista de que artistas como Dürer y Holbein, trabajando en la Europa nórdica, desarrollaron sus propios estilos artísticos de valor histórico análogo a los de sus pares mediterráneos, y los viajes del descubrimiento financiados por los imperios castellano y portugués abrieron para la economía y la mente europeas mundos nuevos en el Oriente y en América, el flujo de mercaderías exóticas alcanzó los mercados de Europa norteña, y eso se refleja en grandes artistas como Van Eyck, primero, y Dürer o Holbein después.

El artista mezclaba en sus trabajos nociones e instrumentos propios del comercio, la política y la ciencia. Y es justamente esto lo que otorga al arte renacentista su originalidad viva y brillantez técnica.

En el siglo XV, no había fronteras claramente definidas entre ciencia, filosofía, arte y magia. El llamado Renacimiento consistió en la paulatina delimitación de los campos del conocimiento humano y la definición de sus métodos. Brotton acierta a mostrarnos cómo el Renacimiento fue, en materia de relaciones políticas, un tiempo mucho más sucio y también más universal que cuanto Michelet pudo haber creído, como que es la génesis de la moderna manera de concebir la historia de la vida cultural occidental.

El mapa político y comercial de Europa cambiaba: la caída de Bizancio en manos de los turcos, concretamente de Mehmet el Conquistador, generó un renacimiento turco-bizantino, al contratarse para trabajar en la Corte otomana a artistas y científicos judíos, árabes, persas y africanos, y a eruditos cristianos y europeos, en una tentativa de equipararse y rivalizar con Roma, Florencia y principalmente Venecia.

Brotton señala que los europeos se vieron como diferentes paulatinamente, al mirarse a través del espejo del Oriente. La noción continental moderna de "europeo" tiene su génesis en esta etapa histórica. El cúmulo de influencias continentales y extracontinentales sobre Europa es descrito a través del uso de obras de arte, de mapas de época, de portadas de libros, señalando un 'clima', un ambiente cultural determinado. Así, se sirve de un cuadro atribuido a Hans Holbein que representa a los embajadores enviados a Inglaterra por el rey francés Francisco I para mostrar el mundo en que estos personajes se desenvolvieron.

Nuestro autor también explora las ópticas que la ciencia, la pintura, la arquitectura, la escultura, la tecnología, el comercio internacional, la Banca, la navegación de ultramar, la imprenta sobre todo (que justamente califica como una revolución en la transmisión masiva de ideas semejante a la que podría representar a partir de nuestro tiempo Internet para quienes puedan acceder regularmente a ella).

Claro que lo que nos cuenta es un útil ayudamemoria, pero sus opiniones no son en absoluto originales: es la visión periodística, conformista, de la Historia, la que nos inculcan por comodidad de los profesores, la que nos anestesia y hace olvidar que la influencia de la cultura grecolatina sobre árabes y bizantinos se inicia hacia los siglos VIII y IX, que los italianos consiguieron mantener vínculos comerciales permanentes con el extremo oriente por tierra, y que en definitiva la mente de algunos antecedentes comunmente aceptados del espíritu renacentista, como Dante o Petrarca o Boccaccio, entre otros autores, se encuentran ya impregnados en gran medida de esa multiculturalidad y curiosidad y aceptación natural de lo diferente que Brotton señala.

Hay un libro de Henri Pirenne, "Historia económica y social de la Edad Media", que tengo en su extraña primera edición castellana de cubiertas en cartulina naranja (1939) editada por el Fondo de Cultura Económica de México. Vino con cierto penetrante olor a humedad que nunca le he podido quitar y con una cantidad de volantes de publicidad de otros libros de la misma colección que el FCE insertaba en sus ediciones, lo que me permitió comprender que seguramente fui yo, al cabo de más de cincuenta años de su impresión, el primer lector de ese ejemplar del libro. En él, Pirenne expone cómo la Liga Hanseática, lo mismo que las ciudades-estado italianas, ya habían mantenido abiertas vías comerciales con Oriente de donde no sólo llegaron adelantos tecnológicos e intelectuales árabes y chinos, sino además se recuperó buena parte de la cultura grecolatina a través de los trabajos de intelectuales orientales, lo que también sucedió con la comunidad hispanoárabe.

El llamado Renacimiento, entonces, como pone de relieve Brotton, es una etapa de consolidación a partir de una visión propia, europea, de esos elementos universales, y que da lugar paulatinamente a distintas ópticas locales, 'nacionales', que políticamente se irían imponiendo luego, hasta alcanzar su punto culminante en la época en que Michelet y Burckhardt escribieron. De allí la validez de realizar este tipo de repasos generales a la historia, en este caso principalmente a la historia del arte, como medio de mantener fresca la conciencia y la mente alerta frente a la posibilidad de 'cerrarse' culturalmente a otras mentalidades tan válidas como la propia. Ejemplo deberían tomar algunos políticos que parecen salidos del gabinete de Metternich, a principios del siglo XIX.

La nota adversa: pese a efectuar una excelente exposición de la verdadera naturaleza de los viajes de descubrimiento del siglo XV y XVI, y de sus objetivos comerciales y políticos, el mismo Brotton cae en la práctica en formas tontas del nacionalismo cultural, que es un fenómeno legítimo pero de origen postrenacentista. Y resulta que Brotton no puede evitar caer en la modalidad británica de esta exagerada susceptibilidad (un clásico europeo: "nosotros no fuimos, fueron otros después", que lo usan no sólo entre ellos sino hasta contra los peruanos, mexicanos o bolivianos, o contra nosotros, si pinta la ocasión). Si fueran ciertas las cifras de exterminio de amerindios que Jerry atribuye a los españoles (curiosamente, a los ingleses, que también hicieron eficazmente lo suyo, no: ya se sabe que a la mayoría de los amerindios no los mataron los conquistadores, etcetera), resultaría ser que ese par de genocidas llamados Francisco Pizarro y Hernán Cortés eran en realidad Robocop y Terminator astutamente disfrazados con armadura y rodeados del conocido conjunto de simpáticos aventureros marítimos codiciosos, arcabuceros de los Tercios y lansquenetes alemanes (las tropas 'españolas' del rey flamenco Carlos V eran más bien internacionales).

En síntesis: no es Jerry tan original como sus editores y promotores profesionales nos quieren hacer creer, pero su trabajo es útil como introducción a este período para lectores no especializados como nosotros, y para mantenernos despiertos ante las hipnosis de ciertos discursos políticos disfrazados de cátedras culturales. Un ejercicio de tolerancia y comprensión de lo diferente, por inferior o grotesco que nos pueda parecer, nunca está de más.

4 comentarios:

Soledad dijo...

Acabo de releer y me deja pensando otra vez eso de que haya historiadores o teóricos de cualquier cosa que a propósito del pasado no pueden hcer sino describirse a ellos mismos y a su época. A todos nos pasa igual, que hablemos de lo que sea terminamos contando algo nuestro? grrrrr

Y fin. Exijo como mínimo una cerveza y pizza de cancha en cantidad suficiente. Nosotros llevamos los videos.

Juna gran siete :P

Alfredo dijo...

Éramos pocos y llegó Miss Caña Legui. Aun sobria, igual tiene razón: casi siempre nos sucede, según uno comprende a posteriori, que si intentaba exponer la prueba obtenida acerca de las causas de la estructura molecular de la sacarosa termina acaso contando por qué le pone azúcar al mate, o por qué lo toma amargo. Y si uno se pone a apreciar los matices, hasta descubre la huella de la abuela o del padre en la manera de cebar un matienzo dulce, a propósito de toda la tesis científica. Claro: cuanto menos floripondiosa la exposición, mayor la posibilidad de no irse al cuerno con la cientificidad de la misma, pero menor la posibilidad de mostrarse uno diciendo cosas de otros entes. De ahí, supongo, que a los seres humanos nos embauquen tan fácilmente los charlatanes. En ciencias como la Historia o la Sociología ese riesgo se halla centuplicado, porque la transmisión de lo aprendido (y aprehendido) se hace a través de una forma escrita, y cuando escribimos y nos gusta nuestro propio estilo, corremos el riesgo de irnos por las ramas, en un hermoso e interminable 'bucle'.
(Te Reven-T :P)

J.F.Cuadrado dijo...

Muy Sorprendente, desde luego para mí , alguien que hace una recensión de un libro y lo acompaña de bibliografía, excelente entrada, crítica personal, de rigor propio, algo escaso en los blogs, que uno encuentra continuamente.Michelet, Burckhardt, Pirenne, no son precisamente figuras a la moda. Pero me gustaría, apuntar una visión más, una lectura, interesante: Franacis Haskell,La Historia Y sus Imágenes, en Alianza Forma. Alianza Editorial. Felicitaciones por su texto, y, un Saludo.

El Arte De El Renacimiento Italiano

http://spaces.msn.com/rodopis

Alfredo dijo...

¡Cáspita! ¡Pier Felice Orsini en persona apareciéndose en mi bitácora! Habida cuenta de ciertas relaciones que cultivo, hubiera resultado más probable que apareciera por aquí el espectro del otro Orsini, el que le puso la bomba a Napoleón III, pero su visita es mucho más grata, créame.
Igual no haga demasiado caso del aparente rigor de mis textos: son intentos de compartir algo que se disfrutó, en este caso una lectura, a fin de recibir a cambio alguna información. En este caso, aunque ha tardado en suceder, su referencia a Haskell bien vale la pena. Iremos a por él, y acaso en unos meses uno se arriesgue a una recensión de algún texto del susodicho. Gracias una vez más.