lunes, marzo 07, 2005

Partido de los Sueños Melancólicos

Empiezo por dejar este enlace a una buena página japonesa sobre Lawrence Sterne, admirador de Cervantes y Rabelais (con tales preferencias, nada bueno podía esperarse de este religioso británico). Léalo el que pudiere y ganas tuviere, que es bueno para la salud. Es un simpático atorrante. No todo es la vieja Margaret en la islita esa.

Aprovecho la ocasión para comentar la perplejidad en que me sumió la lectura del blog de un periodista español de cuyo nombre no quiero acordarme, que se manifestaba muy satisfecho de no haber leído ciertos clásicos de su literatura, más específicamente el tipito se felicitaba, es más: se autoglorificaba, por haberse perdido leer el Quijote. A veces uno se alegra de tener una bitácora inútil como esta, para que la lean tres personas, y eso esporádicamente...

Marcelo dijo por su parte días atrás, y pese a su mala relación con las instituciones, querer afiliarse al "Partido de los Sueños Melancólicos". Haciendo gala de saber de asuntos de los que no estoy capacitado para opinar en modo alguno, copio esto que compuse bajo el influjo de una ocasional melancolía originada en una entorsis rotuliana, alucinando acerca de cierta evolución de la melancolía gringa que me ha parecido sospechar, guiado por mi lectura y la hecha por otros realmente sabios, dentro de un contexto de "tristeza perenne paneuropea". Después de todo, las primeras insinuaciones de la Unidad Europea y los primeros Tratados de Derecho Internacional Público (Münster y Osnabrück) son apenas un poco posteriores al período en que vivió el autor del que se trata.

1. Burton y la Bilis Negra

Cualquier ser humano ha experimentado a veces esa sensación de estar viviendo suspendido en el tiempo, en un atardecer eterno y nublado que produce una grata melancolía, o una opresiva angustia, o ambas cosas a la vez o sucesivamente, y que acaso nos recuerda que vivimos bajo nuestro ocasional techo, sí ("my house is my Kingdom"), pero ahí fuera - y también 'aquí dentro', bajo representación de los objetos o traídos a la memoria por nuestra cultura - acechan peligros y enemigos. Algunos, más sinceros que otros, consiguen contar a sus semejantes los detalles de esa experiencia y mantenerse despiertos y en guardia contra tales peligros y enemigos, sobre todo los que emergen de nosotros mismos.

Robert Burton (Richard, con el que a veces se lo confunde, además del famoso actor galés, era el nombre del escritor del siglo XIX, traductor de "Las Mil Noches y Una Noche", muy admirado por Borges, y agente de inteligencia militar) se formó en latines en Oxford, en el Christ Church College, del que fue bibliotecario. Los historiadores de la literatura inglesa le dicen, si no yerro, "el Montaigne inglés", por su vasta erudición e inacabable discurso, que pese a su vastedad no es mera charlatanería.

El referido Lawrence Sterne y Samuel Johnson lo tenían por ídolo literario. Y Bertrand Russell parece (si hemos de creer a alguno de sus ensayitos de divulgación científica) que usaba su obra más famosa como terapia para "cargar las pilas" cuando estaba fatigado o desconcertado. "The Anatomy of Melancholy" debe ser uno de los libros más comentados y citados, "diciendo" o "mostrando", por ingleses y norteamericanos desde Sterne o Johnson hasta insospechados admiradores como Henry Morton Robinson, Ray Bradbury o Raymond Chandler (andaba releyendo "Killer in the Rain", y sentía que gangsters, putas y rufianes de inexplicable melancolía parecen incursionar en estos terrenos burtonianos más de una vez en las narraciones de don Raymond, tan "british" él, que en ese sentido supera larga y favorablemente a Hammett, más obsesionado con la acción).

El ensayo de Burton sobre la "enfermedad de Hamlet", ya tratada por Timothy Bright en un trabajo que -dicen - fue una de las fuentes de Shakespeare para su famosa obra, era en su intención y para los cánones científicos de su siglo de asunto filosófico, médico y político-historiográfico. Últimamente han sido los neuropsiquiatras quienes se han estado interesando por el trabajo de Burton. Por la vida misma de Burton: "The Anatomy of Melancholy" es una obra hecha y refundida muchas veces, casi un diario íntimo emotivo e intelectual, diría. Podría decirse que es un blog (aquí, corresponde ese emoticón de sonrisa tonta, exhibiendo todos los dientes).

Burton apela a sus autores favoritos y a los contemporáneos que más lo habían impresionado, y así se remonta en un gigantesco "medley" a los antiguos científicos y artistas, a Galeno, Hipócrates, Aristóteles, Plauto, Cicerón, Virgilio, Tito Livio, Horacio o Séneca, a la medicina mitad ciencia natural y mitad astrología o mancias diversas del medioevo, para intentar desentrañar las causas de la perenne tristeza del ser humano de su tiempo. Las raíces del mal pasan sucesivamente a ser analizadas en la naturaleza, según el influjo de los astros, a la hora de la llegada a la vejez, por el influjo de la herencia (hoy hablarían de "la genética"), por la incidencia de las funciones nutricionales en general, que incluyen como es sabido no sólo a la alimentación sino además a la micción, el sudor & other evacuaciones, por los estados de la conciencia, la perturbación del sueño y la vigilia, las pasiones, la imaginación, la irascibilidad, el juego, el erotismo, la desmedida erudición, la mala educación.

La "hybris", que dirían los antiguos griegos, es encontrada a propósito de casi toda actividad humana. Además, como todo hombre de ciencia, intenta pronosticar la evolución de este mal psiquiátrico de su siglo a partir de la cita o comentario erudito de los científicos y ensayistas del momento, o al menos de sus temas: Montaigne, Francis Bacon, Laurens, Ferrand, Cristóbal Vega, Mercado, Paracelso, Fuchs, Aldrovandi , Marsilio Ficino, Vives, Erasmo, Escoto Escalígero, Lipsio, Matteo Ricci y siguen los nombres, para el viaje de Robert a través de la huella que la melancolía imprimió en la historia, derrotero que formula a través de una auténtica disección anatómica de la intimidad de los seres humanos, pasando revista a todos sus miedos, sueños, viajes y aventuras.

Burton continúa, o acaso inicia, una constante de la literatura británica al insinuar una posibilidad de generar un mundo imaginario de delectación triste, que se intuye como realizable luego a partir del conocimiento científico de uno mismo y del mundo y su proyección en las cosas. En eterno debate con sus propias excrecencias físicas e intelectuales intenta dialogar con sus acaso lectores para ayudarlos a desentrañar en qué los seres humanos han desordenado su interioridad y su entorno y desde esos signos encontrar vías para restablecer el dominio de la razón o el sentido común o el equilibrio emocional por sobre la furia anárquica de los elementos librados a su suerte. Analiza no sólo desórdenes interiores de cada individuo de la especie, sino hasta sus proyecciones políticas y sociológicas, como parte de unos rasgos eternos de la especie humana, y así se cuenta entre los que comienzan a elaborar doctrina (que, jurídicamente al menos, luego haría carrera a partir de la Revolución de Crommwell) acerca de la conveniencia o necesidad de reservar sólo a las autoridades políticas -selectas como cuerpo de vigilancia contra la proyección colectiva de estos males- el ejercicio de la compulsión, de modo de preservar al individuo y al cuerpo social de los excesos propios de los ajustes de cuentas privados, y su largo ensayo hunde al lector en la locura y la tristeza privadas y públicas tal como la percibe desde su desconcertante y desconcertado tiempo, que es el nacimiento del mundo moderno, de las instituciones occidentales tal como hoy las conocemos. Insinúa o "muestra" que siempre ha estado en la intimidad introspectiva y el diálogo y el debate de lo que a todos nos pasa la solución a ese desorden melancólico que se abate sobre el mundo. Y que cada humano y cada grupo social es capaz de reordenar esos detritus intelectuales y emotivos a su manera.

Y siempre se permite suponer, en un exceso de modestia, de temor al protagonismo, que sin embargo no parece afectado, que acaso es él mismo quien se está excediendo, que acaso sus consideraciones son erradas, que está sobresaliendo demasiado. Sería su manera de incitar a su lector a mantenerse en guardia, disfrutando y a la vez temiendo los síntomas del terrible mal. Y tomando conciencia de que, aun si se tratare como él cree de variaciones eternas sobre un mismo tema, acaso la ignorancia y la pobre redacción le deben ser perdonadas porque cada lector reescribe el libro a su manera, si es que es el lector apropiado para esta clase de libro. Digo yo, que no sé mucho, acaso nada de nada...

2. De yapa, si no se durmieron: Timothy Bright

Conocido en el mundo de la taquigrafía por su libro "Characterie, an art of short, swift and secret writing by characters" (del que sólo se conserva -justamente en la Biblioteca de Oxford que cuidara Burton en su tiempo- UN ejemplar), que sirvió para conservar, tomas taquigráficas hechas en el teatro mediante, varias de las obras de Shakespeare, Timothy Bright es también autor de "A Treatise of Melancholy" (1586), la primera monografía médica en inglés sobre melancólicos. Manteniéndose dentro de la ortodoxia "humoral" hipocrático-galénica, sostiene que la melancolía no constituye únicamente una "conciencia del pecado" como afirmaban los teólogos y filósofos de la Edad Media la habían calificado.

La melancolía, en aquel entonces, fue -como tantas otras nociones- tanto un mito mantenido por tradición como una categoría tenida por científica, de esas que por su ambigüedad lo mismo paralizan toda posibilidad de conocimiento cierto futuro como repentinamente impulsan la creatividad de los estudiosos y los llevan a superarse en la busca de las verdaderas causas del fenómeno, e inclusive en la determinación de si el tal existe o es mera creencia tenida erróneamente por buena.

Eran tiempos de formación de nuevo lenguaje y nuevo método para las artes y las ciencias. Sucede cada tanto. En ese contexto la melancolía, según si el médico se enrolaba o no del todo en la añeja pero entonces vigente "teoría de los humores" (al "temperamento bilioso", según ella, le correspondería este estado de perenne tristeza: "melancolía" indica en griego "bilis negra", o "humor negro") sería el grado de temeridad con que, desafiando la superstición y los tabúes religiosos y filosóficos se adentrase en el estudio de la fisiología cerebral y de las enfermedades mentales.

El equilibrio entre enigmas y problemas, entre mitos y ciencia, ha variado a lo largo de estos siglos. La melancolía, además de contener la estructura simbólica de un mito, se refiere también a las consecuencias trágicas de la soledad, la incomunicación y la angustia, ocasionadas por la diversificación de las experiencias humanas en un período de creación de un nuevo lenguaje, una nueva mentalidad, unas nuevas formas de convivencia. Por lo tanto, el problema de Bright, Burton y otros médicos, filósofos y ensayistas de la época, era que la melancolía se había convertido en las Uropas de entonces en una urdimbre de humanos sufrientes que intentaban explicarse su aislamiento e incertidumbres religiosas, morales y políticas. Parece ser que los hombres de esa época expresaban por la melancolía sus perplejidades y angustias.

En esos tiempos, los científicos de corte racionalista-experimental eran presa de persecuciones religiosas y políticas, lo mismo que los poseídos por arrebatos místicos. Un médico español llamado Huarte de San Juan, que es una fuente del Quijote, se atrevió a escribir un libro bastante divulgado sobre esos menesteres, que en mucho se apartaba de la ortodoxia de los paradigmas hipocrático-galénicos para las perturbaciones mentales. Así como Cervantes seguramente leyó el "Examen de ingenios" de Huarte, Shakespeare conocería "A Treatise of Melancholy" de Timothy Bright, y dicen que efectivamente lo usó para dar forma a la melancolía que atormenta a Hamlet.

Bright explica que a los melancólicos es posible curarlos, salvo a los que han caído en ese estado por su conciencia de la culpa, que sólo pueden ser "consolados" pero jamás curados. Percibe a la melancolía como un mal ocasionado por la putrefacción o descomposición del entorno social, que inutiliza a las personas, y no le encuentra relación directa con el ingenio, que juzga algo personalísimo. Así, distingue entre melancolía provocada por el "bilis negro" y otra de mayor gravedad que le parece fruto del pecado. Claro: Willy Shakespeare hizo un "mix" entre el tratado de Bright y la propia creatividad artística, y su Hamlet le sale imaginativo, ingenioso, como a su manera lo es por ejemplo el Quijote. Otros personajes de la literatura de esos siglos (pienso en Simplicius Simplicissimus, en el Buscón, y otros héroes de la picaresca europea), tienen algún parentesco con estas nociones, aunque operen en otro grado más dinámico, menos apartado intelectual y emotivamente de sus semejantes, más gregario.


La melancolía que tratan estos autores, Burton, Bright y los demás mencionados, es la expresión de un enorme sufrimiento dentro de ese período histórico, un medio de comunicar la individualidad, la soledad y la dificultad de comunicación tal como la percibían sus sociedades, en el marco de la formación de los nuevos "Estados-Nación" y otras formas socioeconómicas. Pero también, por eso mismo, un acicate cultural para salir de esos encierros o trampas del desconcierto. La historia de la formación de una nueva conciencia del hombre occidental, nada menos, que es la que -mal o bien- nos ha traído hasta aquí. No está de más conocerla, o recordarla.

3 comentarios:

Marcelo dijo...

Bueno, hay otro Burton también muy melancólico: Tim, el director de cine. Se ve que la cosa corre en la familia.

Alejandro dijo...

Tres cosas tres.
1- Pero los gusarapientos piratas son entonces unos tangueros o bagualeros o bluseros cualesquiera. Estoy sorprendido: Bertrand Russell llorando a moco tendido escuchando al Trío Los Panchos.
2- Sterne es otro grande.
3- Me gustaron del post del fóbal las cínicas declaraciones del agente secreto 'Treponema Pallidum'.

Salu2

Alfredo dijo...

¿Sabés, Marcelo, que también tuve en mente a Tim mientras escribía? El Richard escritor no parece haber sido muy melancólico, sino más bien un hombre de acción. Debí acaso incluir al director de cine, a Tim, en su lugar. Es que era como ponerse a escribir sobre la supuesta tristeza esencial de los García... ¡Hay tantos Burton sueltos! ;-)

Alejandro: al menos a veces les da por esa especie de tristeza. Sterne capo total, usted lo ha dicho. Hasta San Martín lo leía. En cuanto a lo del agente secreto no sé si es gracioso: yo me sonreí mucho más escribiendo lo de la 'defensa en cardumen' que continúan haciendo ciertos conjuntos de futbolistas europeos...

Saludos a ambos dos, y gracias por sus comentarios.